Transmorucha 2012, día 2

Amanece en el Puente del Congosto y una ligera bruma flota sobre el Tormes embelesando nuestros pensamientos mientras estamos descansando plácidamente, recogidos y calentitos, en nuestro modesto saco.
¡Un privilegio!
La paz de esta espléndida mañana se rompe con el despertador de un teléfono móvil: ¡Son las 6.20 de la mañana!
Hoy no ha cantado el gallo Jariego, el bicho no se incorpora hasta el chuletón de Fuentebuena…
¡Todo el mundo arriba! Toca organizar el desayuno, zafarrancho y plegar el campamento.
Parece que no hay que devolver ningún morlaco a los corrales. Todo parece estar en su sitio, las burras mecánicas no presentan averías y los transmoruchos están en plena forma, rebosantes de alegría, energía e increíbles ganas por salir al ruedo a darlo todo...
Hoy será un día divertido; además se nos suman varios compañeros a lo largo de la jornada. ¡La Transmorucha sigue creciendo! Empezamos recibiendo al amigo Sánchez, que llega en plena forma pero sin los churros, le tendremos que dar un capón… Menos mal que lo arregló con las canciones…





Y nos ponemos en marcha, a por nuestros queridos callejones de agua… De agua otrora, porque hoy los encontramos bastante secos, aunque siguen siendo técnicos y divertidos.




Menos mal que somos unos transmoruchos bien completos, con mimbres técnicos para estas batallas, cautos y finos bregadores en zonas de piedras, baches y barros pegajosos; artistas, tozudos y dominadores en terrenos favorables.
Este año, por aquello de que veíamos poco practicable la subida por los barrancos después de San Bartolomé de Béjar hacia el Alto de la Hoya, esos que en ediciones anteriores hemos bajado como auténticas cabras, decidimos introducir una variante que nos llevaba, después de Becedas, en dirección a Neila de San Miguel, para luego girar a la izquierda y ponernos, después de un bonito paseo, en el Alto de la Hoya. En esta zona Carlos y un servidor decidimos abandonar el grupo y los pedregosos caminos para tomarnos una cerveza en Béjar; y ya que estábamos allí, pasar por la tienda-taller de Bicicletas Cubino donde Enrique nos trató como si fuéramos de la familia y me cambió 7 u 8 radios de la rueda de atrás… ¡Si es que no dejamos nada sano! Trabajo fino y rápido el que realizó Enrique, sin salpicaduras de arte para adornarse o engordar la cartera, ¡efectividad 100%¡, un gran profesional.





Y llegó el momento cumbre del día. El momento del gran encuentro… Gran encuentro con el chuletón de Fuentebuena. Y gran encuentro con un nutrido grupo de transmoruchos que se incorporaban en este importante punto de la ruta, todos ellos bravos, poco mansos, con trapío y ganas de dar guerra: Manuel, Marcos, Eutiquio, José Antonio Jariego, Neli, Judith, Pepa, Juan y Gabi.
Ángel, el mayoral del Antiguo Mesón de Fuentebuena, y su gente, su familia, nos trataron como siempre… De las patatas meneás, los chuletones y los helados no diré nada, para no herir a los ausentes que no vinieron a triunfar en esta plaza.




¡Vaya rato bueno sentados a la sombra en este día soleado y caluroso! Bien comidos, bien bebidos, con conversaciones enlazadas entre unos y otros lugares de la mesa corrida instalada en la terraza del restaurante, el run run de los pájaros y la música de fondo, el ji, ji, ji, el ja, ja, ja… ¡¿Quién hacía un molinete con el capote y ponía a los pájaros en danza?!
¡Vamos!, ¡no hagamos de pronto tarde! Que nos espera la cabrona, este año, eso sí, de bajada… ¡Y cómo cambia el cuento! La cuesta sigue siendo técnica, nobilísima, con mil y una piedras para sortear con varios muletazos… Pero bajando es mucho más llevadera, ¡¿dónde va a parar!?




Estábamos en Navalmoral en un verbo, y como los callejones de después están más secos que el Gobi, rápido nos vimos en La Calzada de Béjar haciendo acopio de agua y salpicándonos en el abrevadero de vacas unos a otros como si fuéramos niños inmersos en pueriles juegos. Je, je… ¡Qué buen rato!
En Horcajo de Montemayor tuvimos que hacer un alto en el camino para arreglar un pinchazo y remojar el gaznate. El supermercado estaba cerrado; menos mal que llevamos comida de sobra y que el bar siempre está abierto…
Por cierto, en el Sangusín vimos peces y ranas con cantimploras, ¡no digo más!




El precioso valle que nos acerca hasta Colmenar se hace más largo al ser cuesta arriba, lo que, por otro lado, nos permite contemplar con más detenimiento la vegetación, la pequeña laguna, los bichos… Y así, gracias a la buena doma de los transmoruchos, la pericia de los guías y la tozudez de algún morlaco, nos pusimos en el bar de Colmenar para hidratar el cuerpo y hacer un paréntesis que no estaba previsto, pero que nunca viene mal.
Y desde aquí, dejarnos caer entre polvo, pedregales y asperezas del camino, arreglar un par de pinchazos, bajar entre los olivos y toboganes de senderos, arreglar algún transportín, algún llantazo… Lo que viene siendo un dejarse caer hasta llegar al Alagón, que nos esperaba con las aguas abiertas…
Allí estaba Pedro Alaraz con Pablo, una nueva incorporación a la ruta. La pena es que Ángel, esa máquina de dar pedales, nos tenía que abandonar por temas laborales… Y es que las cosas de la vida son así, y hay que cogerlas como vienen.
¡Patos al agua! ¡Qué baño más rico! Si el del día anterior fue reconfortante, éste fue una gozada suprema. ¡El agua es la vida!, que diría el tío Manjón.
La tarde noche prometía… Se montó rápido el campamento, se organizaron las cenas, se sacaron las petacas (la de Pedro Alaraz daba miedo), se caldeó el ambiente, se afinaron los instrumentos y todo esto, en perfecta amalgama, dio pie a una sobremesa muy entretenida, divertida y musical, ¡una gran fiesta! Una fiesta en la que nadie quería retirarse a chiqueros y que finalizaría con un agradable baño en el Alagón, bajo la cálida luz de la luna, como diría la canción, cerca de la 1 de la mañana…
¡Otro gran día!


Aquí tenéis algunas fotografías de Carlos Elías, Eutiquio, José Antonio Jariego, Sánchez, Agustín, Luisda Aceiterín y mías (día 2).

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